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El presidente Barack Obama anunció el próximo fin de las operaciones de combate de las fuerzas estadounidenses en Irak, aunque la apuesta es enormemente arriesgada al dar por descontado que el país árabe no volverá a la anarquía homicida de hace unos años.
Al hablar de la necesidad de admirar “con humildad los enormes sacrificios” realizados por los soldados de ambos sexos que han librado esta guerra, Obama soslayó algunas de las enormes dificultades políticas que ello implica.
Ello podría deberse a la caída en picada de la popularidad del mandatario en los sondeos de opinión, a raíz principalmente de un persistente desempleo del 9,5%, una anémica recuperación económica y un amplio rencor contra la clase política gobernante a menos de tres meses de las elecciones legislativas.
Hay posibilidades de que el Partido Demócrata de Obama pierda su cómoda mayorí en la Cámara de Representantes y varios escaños en el Senado La trayectoria ambigua del presidente, ante la guerra de Irak durante sus 17 meses de senado y ante la retirada total de Irak anunciada para fines del 2011 contribuyeron a diluir el contenido de su mensaje.
Como oponente a lo que, en el 2002, consideró “una guerra estúpida. Una guerra apresurada”, Obama se opuso tenazmente al envío de refuerzos decretado por su predecesor George W. Bush en el 2007, un aporte decisivo para ganar la contienda e impedir que Irak quedara sumido en una guerra civil.
Los 50.000 soldados estadounidenses que permanecerán en Irak durante 16 meses como instructores de la tropa iraquí, fuerzas de seguridad y unidades contraterroristas, seguirán teniendo una arriesgada misión. Y el sistema político iraquí sigue siendo precario. Casi cinco meses después de las elecciones inconclusas del 7 de marzo, los políticos intentan formar un nuevo gobierno. La lucha política ha
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