Mitt Romney y Barack Obama charlan tras el primer debate en Denver.
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Washington - Tras la experiencia del primer debate, en el que la victoria de Mitt Romney sobre Barack Obama se decidió más por la actitud que por el mensaje de cada uno, es imposible hacer pronósticos sobre el segundo, que se celebrará el martes en la universidad de Hofstra, en el Estado de Nueva York. Nadie sabe de qué puede depender esta vez el resultado, pero lo que es indudable es que quien resulte ganador, si es que lo hay, habrá dado un salto gigantesco para su coronación dentro de 20 días.
Las horas previas a ese debate se viven entre los cálculos que preceden un acontecimiento deportivo. ¿Pasará Obama al ataque? ¿Será capaz Romney de defender su posición? ¿Cuál de los dos marcará el ritmo? ¿Cuál será la estrategia de cada uno para confundir al rival?
Como espectáculo televisivo que es —70 millones de personas siguieron el anterior debate—, este evento se ensaya meticulosamente con el propósito de lograr el impacto emocional, esa milagrosa conexión con el espectador que cada actor pretende en una representación. El hecho de que este sea un espectáculo de carácter político, apenas modifica nada más que el guion.
El guion, no obstante, es parte de la representación y puede acabar siendo importante. Junto con los actores y el escenario, completa el trío de factores que decidirán el resultado de la función.
En esta ocasión, el escenario no será el de los dos candidatos frente al periodista que formula las preguntas, sino ante a un público que podrá intervenir, de acuerdo a una selección previamente hecha por Gallup, con sus propias preguntas. La moderadora se limitará a conducir el debate. Los candidatos tendrán la posibilidad de interactuar con la audiencia, y su lenguaje corporal puede ser aún más importante en esta ocasión.
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