Mitt Romney y Barack Obama.
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Washington - Los dos candidatos a la presidencia de Estados Unidos están ya retirados, junto a sus asesores, para preparar lo que se espera como el momento decisivo de esta campaña: el debate electoral del miércoles en Denver (Colorado). Barack Obama ensaya en Nevada, con el senador John Kerry como sparring, y Mitt Romney, en Boston, con el senador Rob Portman actuando de rival.
Todo el trabajo de la Casa Blanca ha quedado aplazado, así como los mítines o cualquier otra actividad electoral. La preparación del debate concentra por completo la atención de los contendientes, conscientes de que esta puede ser una de las últimas oportunidades de producir un vuelco en las encuestas. Se celebrarán dos debates más –el siguiente, el día 16, en Hempstead (Nueva York), y el tercero, el 22, en Boca Ratón (Florida)-, pero este primero es el que marca la pauta y el que deja por delante tiempo suficiente como para cambiar el criterio de muchos votantes.
En realidad, pocos debates a lo largo de la historia han resultado ser realmente decisivos. Los de hace cuatro años, entre Obama y John McCain, no cambiaron las cosas en ningún sentido. Aunque a lo largo de los años se han producido numerosas anécdotas y episodios que ilustran la historia política de este país, tal vez solo un debate, el primero de los que sostuvieron John Kennedy y Richard Nixon –aquel en el que el candidato republicano sudó porque los asesores demócratas habían hecho bajar el aire acondicionado-, tuvo un impacto crucial en la marcha de la campaña. Nixon nunca se recuperó de aquella imagen de político viejo y colérico, frente a la apariencia saludable y juvenil de su contrincante.
Desde entonces, las técnicas de comunicación política se han desarrollado enormemente, al menos en Estados Unidos,
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