Mitt Romney y Paul Ryan saludan al público en Norforlk, Virginia.
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Prepárense para semanas de charlas sobre el compañero de campaña de Mitt Romney. Los vicepresidentes tienen su importancia, como nos ha recordado de forma espeluznante la reciente reaparición de Dick Cheney en nuestras pantallas de televisión. Y Paul Ryan importa más que la mayoría. Pero, en los tiempos que corren, uno no elige simplemente una candidatura de dos; elige un paquete completo. Los presidentes vienen con un elenco de asesores, grupos de expertos, cabilderos, legisladores, donantes y perros guardianes. Algunos miembros del séquito terminan teniendo puestos clave; otros actúan como una especie de gabinete en la sombra, vetando decisiones y obligando a seguir la doctrina.
Esto es especialmente cierto en el caso de los republicanos, que han pasado décadas construyendo una disciplinada infraestructura conservadora que recluta talentos, sacrifica a los disidentes e impone la ley. Comparados con los demócratas, que son un centro-izquierda disperso, un Gobierno republicano es más que nunca un proyecto conservador listo para usarse.
Cuando era gobernador de Massachusetts, Romney reunió un equipo de tecnócratas, republicanos centristas, e incluso algunos demócratas. “Buscaba la competencia, la experiencia y la creatividad y daba menos importancia a la política o la ideología”, recuerda Scott Helman, un veterano observador de Romney para The Boston Globe. “Pero eso era entonces”, añade. Sí, aquellos eran unos tiempos diferentes, un lugar diferente, un Romney diferente.
Ryan encarna la filosofía de que la mayoría de necesidades de los ciudadanos están mejor cubiertas con mucho menos Gobierno
Es posible que el presidente Romney prefiriese formar un Gobierno de generadores
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