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Desde la primera imagen medio borrosa, en blanco y negro, que enmarcaba en un close-up unos ojos redondos de expresión calmada, toda la información que ha brotado de las entrañas del yacimiento de oro y cobre en la mina San José, al norte de Santiago, en Chile, sigue cautivando la imaginación. La historia de los 33 mineros atrapados desde el 5 de agosto a 700 metros de profundidad servirá para inspirar libros, telenovelas, películas y documentales, para análisis académicos y estudios antropológicos. Sea cual sea su desenlace, repercutirá por años en la imaginación global. Los aspectos más dramáticos, la larga espera y el difícil rescate, un día probablemente alcanzarán proporciones épicas de mitología o leyenda. (Treinta y tres mineros y treinta y tres años la edad de Cristo al morir. El número es asociado con el redentor y las pruebas entre otras curiosidades). En el mundo que vivimos tan alterados, ajetreados, afanados, donde escasamente le dedicamos tiempo a la reflexión, el tipo de frenazo en la vida cotidiana que sufrieron los mineros es un shock difícil de asimilar. Por eso es fascinante, para la mayoría, seguir paso a paso el desarrollo de tan inimaginable suceso. Si es posible sobrevivir tan extraordinaria experiencia, ¿cómo no superar los desafíos diarios de nuestras existencias? Ser minero, como policía o bombero, es uno de esos oficios que conllevan riesgos, que se asumen a pesar de las posibles consecuencias. Requieren valor y un temperamento ecuánime. De ahí que, tras casi cien días de espera, la treintena de víctimas del derrumbe en San José continúe dándole lecciones al mundo sobre la importancia de medir y controlar el uso de los recursos a nuestro alcance y de solidarizarse con el prójimo. Primordialmente, no rendirse ante ideas derrotistas, por muy negra que parezca una situación, sino mantener vivas la fe y la esperanza de que volverá a salir la luz. Es fácil abrirse al pesimismo. Cada noche. En la oscuridad. Dejar correr la mente hacia un túnel sin salida sepultado por toneladas de rocas, donde la humedad y la falta de circulación del aire hacen crecer hongos en la piel. Donde los ojos se acostumbran a no ver. Es normal pensar que los primeros cien días de angustia, de cualquier calvario, ya fueron tan inaguantables que doscientos o trescientos más sólo duplicarán o triplicarán la zozobra, la impaciencia, la desesperación. Dejar de escuchar, de repente, el martillo perforador, porque ha perdido la punta en la excavación, mientras que las otras dos vías de escape que están tratando de abrir tampoco avanzan con suficiente rapidez para volver abrazar a un hijo, a una esposa, a una madre, indudablemente es un martirio. Debe ser un pesar para todos el saber que, al menos este año, probablemente no celebrarán la Nochebuena en casa, ni contemplarán la ya naciente primavera austral. No obstante, los mineros siguen cantando, escribiendo diarios, demostrando disciplina y hasta una desafiante tenacidad. Recientemente se negaron a aceptar una paloma, como han decidido llamarles a las entregas tubulares de provisiones, porque les llegaron duraznos cuando lo que habían pedido, lo que en realidad apetecían, era un vaso de vino, de su buen vino chileno, no otra bien medida ración de comida nutricional. Ese es el espíritu de lucha que hace falta para estos tiempos. Para enfrentar la incertidumbre y la desilusión que a menudo se duplican y triplican en nuestra situación socioeconómica actual. Es importante tomar tiempo para meditar, para medir las consecuencias de nuestros actos. No cuando lo impone un accidente, sino como práctica común. También es valioso contar bendiciones, reconocer que cualquier situación terrible pudiera ser peor. En el mejor de los casos todos los mineros serán rescatados con vida. Ese último y claustrofóbico episodio de ser transportados durante dos o tres horas, a través de un asfixiante hueco negro, durará tres días aproximadamente. Ellos tendrán que decidir entre sí, como han hecho hasta ahora, quién saldrá primero y quién apagará la última luz. Pero cuando emerjan, cual palomas libres, a la claridad del día, sus mundos habrán cambiado para siempre. Serán hombres renacidos. Mucho más en confianza con su yo interior. Ejercicio de fe y autocontrol que a cualquiera le salvaría la vida.
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