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La fiesta electoral

La fiesta electoral

Mercedes Soler
Palomas de la oscuridad

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La palabra en inglés para partido (político) es ``party'', que también significa fiesta. Partido, a su vez, denota algo roto. No me parece coincidencia entonces que, considerada en cualquiera de estos dos idiomas, la fiesta política tradicional en EEUU como en otros lugares, siga sumiéndose en fracturas, en resquebrajados intentos por dominar con el engaño, la incompetencia y el cinismo.
La semana pasada un sondeo de opinión auspiciado por The Wall Street Journal, junto a la cadena NBC, indicó que el electorado estadounidense cada vez se inclina más hacia un sistema electoral de tres partidos. El 31% de los encuestados respondió que nuestro método de dos partidos está fundamentalmente partido, y vendría muy bien añadirle otra ruptura a la fiesta.
Los encuestadores le presentaron la misma pregunta al público en 1995, 1997 y el 2007. Los porcentajes de los resultados han aumentado de un 27% inicial. No obstante, la mayoría de los encuestados, un 52%, todavía considera que el sistema actual, que reparte las opciones políticas entre los demócratas y los republicanos, funciona adecuadamente, aunque con algunos fallos.
El estadounidense es gente noble y generosa. También es astutamente pragmática, aunque en su esencia sencilla. La mayoría, por ejemplo, se extraña cada cuatro años al intentar entender la sabiduría que exige, para las elecciones presidenciales, el colegio electoral. Además de que lucha por razonar la diferencia entre las elecciones populares y las de asambleas, utilizadas simultáneamente en diferentes estados durante época de primarias.
No obstante, poseídos por el sentimiento patriótico de que su voto cuenta, de que tienen poder, todos se sienten libres para elegir. De eso sacan provecho los candidatos profetas, los independientes, los que poco le deben al diablo y escasa ayuda reciben del mismo. Se escapan por las hendiduras de los partidos políticos tradicionales porque sólo cercenando los lazos convencionales pueden aspirar a obtener éxito. Los senadores Joe Lieberman de Connecticut y Scott Brown de Massachusetts sentaron la pauta. El gobernador de la Florida, Charlie Crist, acaba de lanzarse a ese mismo ruedo. Hasta el momento, las encuestas lo colocan a la delantera para el escaño senatorial que hoy es de un republicano.
Solamente la ira y el desencanto colectivo, manifestados en un marco democrático, pueden lograr verdaderos cambios políticos. En el pasado, algunos candidatos a la presidencia como Ross Perot, el multimillonario de Texas, y Ralph Nader, el ambientalista, han lanzado campañas quijotescas, a nombre propio o del mal organizado
Partido Verde. Nadie ha logrado instituir una alternativa viable al sistema de los dos partidos. Hasta el Tea Party, engendrado en los últimos meses por supuestos desertores republicanos, parece demasiado desafecto, criollo, hasta provinciano, para lograr más que un aspaviento social.
Sin embargo, el hecho de que surgió, que existe; de que las encuestas apuntan hacia un mayor descontento con la política y los políticos, y los independientes se trazan nuevas victorias, demuestra que las fisuras en los partidos ``partidos'' pudiesen comenzar a fragmentarlos permanentemente.
A veces el remedio es peor que la enfermedad. El sistema político bicameral ha funcionado, para bien o para mal, por más de 200 años. Lejos de brindar mayor representación, una mayor desintegración política pudiese invitar aún a más corrupción, feudalismo, mafias, hasta anarquía. No obstante, el duopolio actual le ha acallado la voz al ciudadano promedio, reemplazándola con voceros extremistas que pululan en los medios con acusaciones incendiarias que exclusivamente sirven para dividir al país, confundir a la opinión pública y sentar agendas rojas o azules, entre ellos y nosotros, incapaces de ceder o trabajar a favor de un bien común.
En este tipo de ambiente, falto de civismo y de discurso moderado, la apatía electoral que históricamente se ha reflejado en las urnas pudiera convertirse en alarido de despecho. Si algo valora el estadounidense es su libertad de expresión, y si algo le enfurece es constatar que la manifestación de esa expresión no le representa. Sospecho que el partido del té se disolverá como el aire. Pero, a medida que aumenten los escaños independientes, surgirán otros partidos para sostenerlos; ni tan partidos ni tan comprometidos, más dispuestos a representar a la mayoría silenciosa.

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