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Mercedes Soler
Palomas de la oscuridad

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La base de la Estatua de la Libertad, regalo de Francia a EEUU, lleva grabado el emblemático mensaje ``¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres. Enviadme a éstos, los desamparados, sacudidos por las tempestades a mí''. Irónicamente, es una antigua colonia francesa, Haití, por la que hoy debemos alzar este grito, ícono de las raíces inmigrantes de nuestra nación.

A casi dos semanas del peor desastre natural que haya sufrido nuestro hemisferio en siglos, algunos de los millones de damnificados han llegado a la Florida para recibir ayuda médica. Nuestra zona, debido a la fuerte presencia haitiana y a la historia común que nos hermana con el Caribe, ha volcado su amor, sus recursos y sus esfuerzos hacia un pueblo que a duras penas resurgiría de tan colosales estragos sin el apoyo exterior. La mayoría aquí se ha estremecido con el sufrimiento ajeno, la incomprensible pérdida humana, los miles de huérfanos y heridos, los millones de desplazados, desamparados y emocionalmente destrozados; al mismo tiempo que nos hemos admirado de su valor, autosuficiencia y profunda devoción espiritual.

EEUU, como le corresponde a un líder mundial, pero principalmente gracias al enormemente bondadoso corazón de su gente, ha sido el primero en brindar un apoyo económico multimillonario que abarca toda la logística de rescate, recuperación y reconstrucción para un nuevo Haití. La tarea, de envergadura titánica, sin embargo, no podrá desempeñarse por completo en el marco de lo que hoy básicamente representa un campo de batalla.

Miles, si no decenas de miles de haitianos, necesitarán el tipo de tratamiento médico prolongado que simplemente no puede suministrárseles en hospitales de tiendas de campaña. Reclamarán un techo seguro, una escuela estable, una comida caliente que, por el momento, su propio gobierno no puede brindarles. Exigirán, como se merecen, no piedad sino humanidad. Y este país debe absorberlos para brindarles un nuevo hogar.

Ya se dio, y muy bien dado, el primer paso. El gobierno federal les otorgó por primera vez el TPS (estatus de protección temporal) a todos los haitianos indocumentados que residen en EEUU. Se permitió la adopción inmediata de niños en los casos que estaban pendientes antes del sismo. Comenzaron a llegar algunos heridos para ser tratados en nuestros hospitales. Es nuestra obligación, no obstante, agilizar una movilización coherente, coordinada, y masiva de refugiados lo más pronto posible. La decisión de poner en marcha este tipo de plan no sólo salvará vidas, física y emocionalmente, sino que

alimentará las semillas de un pueblo renacido, cuyos miembros podrán regresar a su país con una nueva visión para su futuro como nación.

EEUU puede absorber a cientos de miles de nuevos inmigrantes. La comunidad cubanoamericana es su mejor ejemplo. Lo demostró durante los ``vuelos de la libertad'' en la época de los 60, el éxodo del Mariel en 1980 y la oleada de los balseros en 1994. Más de un millón de cubanos se establecieron en el sur de la Florida, con sus penas y glorias, sin desestabilizar al estado. La inmigración forjó los ideales de este país y debe seguir informando su conciencia colectiva. Esa conciencia, sin embargo, está muy consciente de que los haitianos son negros, extremadamente pobres y más del 50% son analfabetos.

Únicamente el racismo y el prejuicio, que en última instancia representan el miedo a lo desconocido, podrían interponerse al recibimiento de un grupo de gente desolada. Aún así, es posible que la intransigencia racial que caracterizó a la mayoría de los estadounidenses aun después del Movimiento por los Derechos Civiles haya mermado. Después de todo, hace un año que elegimos a un presidente negro y los debates hoy se libran en un marco supuestamente postracista.

La situación desesperada en Haití puede volver a desencadenar temas de exclusivismo entre blancos y negros aquí. Al margen de ello, entidades como la Arquidiócesis de Miami, que una vez recibió y cuidó a más de 14,000 niños cubanos porque sus padres temían por su futuro, se alistan para activar otra Operación Pedro Pan, mientras que el distrito escolar desempolva planes de contingencia para tal posibilidad. Hasta ahora parece existir voluntad ciudadana. Falta ver si los políticos velarán por los ``sacudidos por las tempestades''.

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