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Los miembros del Tea Party reviven la arrogante creencia del excepcionalismo norteamericano. Para celebrar su reciente triunfo en la elección al Senado por la Florida, Marco Rubio pronunció un discurso en el que enaltecía el ``excepcionalismo norteamericano’’. ``América’’, dijo Rubio apropiándose retóricamente del continente entero para designar a Estados Unidos, ``es la nación más extraordinaria que ha existido en la historia de la humanidad’’. Mostrando su insaciable gula por la hipérbole, Rubio dijo también una frase única en la historia de la arrogancia: ``Mientras que en casi cualquier otro país del mundo, el destino del individuo está predeterminado’’, sólo en Estados Unidos, ``el individuo puede labrar su propio destino’’. Si creo en la sinceridad de sus palabras, me imagino que a sus 39 años de edad este hombre jamás ha escuchado el Clavecín Bien Temperado de Johann Sebastian Bach, no ha leído un solo volumen de la Comedia Humana de Honoré de Balzac y le parece ambigua la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein. Tampoco ha sentido la magia de Palenque o Machu Picchu, no enamoró a nadie con los poemas de Pablo Neruda y cuando alguien le habla de los Diálogos de Platón piensa en una vajilla. Justifico su ignorancia porque conozco el lamentable estado de la educación en Estados Unidos, lo imperdonable es la arrogancia de Rubio, y sus compañeros del Tea Party como Sarah Palin, con su incesante prédica del excepcionalismo norteamericano. ``Estados Unidos’’, escribió G. K. Chesterton, ``es la única nación en el mundo que se funda en un credo que se expresa en la Declaración de Independencia’’. A diferencia del resto del mundo, la identidad norteamericana no surge de una historia nacional comunitaria sino de una creencia, ideada por un puñado de hombres ilustrados que proponen cinco principios más o menos vagos: libertad, igualdad, individualismo, populismo y laissez faire, para darles sustento a los llamados ``valores americanos’’. En 1831, Alexis de Tocqueville le da nuevo aliento al credo fundacional al definir a Estados Unidos como una nación excepcional. Hoy, según una encuesta re-ciente de Yahoo, el 75% de los norteamericanos comparten la creencia de que Estados Unidos no sólo es excepcional sino que es ``el mejor país del mundo’’. Ahogada en su retórica casi teologal, la mayoría de la gente en este país no concibe, por ejemplo, que en Gran Bretaña, Suecia, Chile, España, Francia y otros países del mundo, existan partidos socia-listas que gobiernan democráticamente. Tampoco entiende que son gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Y menos aún que en estos países realmente se da la alternancia política. Afortunadamente para todos, para los norteamericanos y para los que no lo son, ya empiezan a surgir en este país voces disidentes que no comparten el arrogante celo ideológico de la mayoría. El año pasado, por ejemplo, cuando se le preguntó al presidente Obama si él creía en el excepcionalismo norteamericano, su respuesta fue clara, ``creo en el excepcionalismo norteamericano tanto como, me sospecho, un británico cree en el excepcionalismo británico o un griego cree en el excepcionalismo griego’’. Obama conoce la historia del país y sus virtudes. Aprecia la libertad y las oportunidades que ofrece a sus ciudadanos y a los migrantes que se integran al país. Reconoce la habilidad y el ingenio de sus compatriotas para generar riqueza y está consciente del enorme poderío económico y militar del país pero también de sus limitaciones. Entiende, sobre todas las cosas, que los magníficos logros de este país no justifican la arrogancia de gente como Marco Rubio que, por ignorancia, se siente superior a los demás.
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