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Si creemos en la sinceridad de sus palabras, Steve Poizner, el multimillonario hombre de negocios que ahora quiere gobernar a California, está convencido de que los inmigrantes indocumentados son los causantes principales de los problemas del estado. Según ha explicado en un artículo publicado la semana pasada en el diario Los Angeles Times el hombre que busca la candidatura republicana a gobernador en las elecciones primarias del 8 de junio, los indocumentados son los causantes del déficit presupuestal, del desempleo, del hacinamiento en las cárceles y del deterioro del sistema de salud y escolar. Según Poizner, el predicamento en el que California se encuentra no se debe a la torpeza con la que sus gobernantes han conducido los asuntos públicos, ni a la asombrosa incapacidad de la clase política para llegar a acuerdos. Tampoco parece preocuparle el daño que la obscena repartición de poder entre los distintos grupos de intereses particulares le causa al estado. Instalado en el frenesí electorero, quizá porque todas las encuestas lo colocan muy por debajo de su principal contrincante a la nominación republicana, Poizner se exalta y le sube los decibeles a la retórica para prometerle a la minúscula pero vociferante base republicana del estado que a él no le temblará la mano para enfrentar el problema de fondo y solucionarlo. La táctica no es nueva ni es exclusiva de California. En todo el mundo, lo más sencillo es echarle la culpa de todos los males a los inmigrantes. En el caso de Poizner, lo fastidioso es la deshonestidad de su discurso y su desenfado para satanizar a un grupo de personas que están aquí porque quieren labrarse un futuro mejor para ellos y para sus familias. Lo irritante es que a alguien reconocido por su inteligencia se le enturbie la lógica a la hora de dar explicaciones y aproveche la confusión para usar un discurso deliberadamente equívoco que instiga el miedo y promueve la persecución. En este sentido, considere, por ejemplo, un memorable párrafo en el que propone ``eliminar los beneficios que reciben los ilegales''. California, dice Poizner, no tendría los problemas financieros que ahora tiene si no fuera por el abuso de los muchachos, hijos de indocumentados, que hoy estudian en colegios y universidades públicas pagando solamente la colegiatura que paga cualquier muchacho residente en el estado y no lo que pagan quienes vienen de otros estados o de otros países a estudiar aquí. Siguiendo la misma línea que en momentos de apuro político utilizaron gobernadores como Pete Wilson y Arnold Schwarzenegger, en su plataforma no podía faltar el repugnante intento de atemorizar a la población del estado ``alertándola'' sobre los peligros que acechan en la frontera sur y anunciando que, de ser él el elegido, ordenaría una colaboración más estrecha entre la Guardia Nacional y las autoridades federales para asegurar el control de la frontera. Otra ocurrencia es que ordenaría la suspensión inmediata de fondos estatales a ciudades como San Francisco, que se han declarado ``santuario de inmigrantes''. Con asombrosa perversidad convierte el ``santuario'' en refugio de criminales citando un caso en el que un sospechoso de un acto criminal intentó acogerse al santuario. Hoy ese hombre está esperando a ser juzgado por un tribunal de justicia. Afortunadamente para el estado de California, todo indica que es poco probable que Poizner gane la candidatura del Partido Republicano. Y las encuestas muestran que la migración no es ahora una de las mayores preocupaciones de la gente en California, ni siquiera de los republicanos. Esto no significa, sin embargo, que el discurso envenenado de Poizner no contribuye a la demonización de la comunidad hispana. Y que lo hace, además, en un momento en el que la polarización política del país augura problemas que podrían llegar a ser serios si los políticos no moderan su lenguaje. Y eso es algo imperdonable.
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