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El mediático suicidio de un iracundo contribuyente que la semana pasada se inmoló estrellando su avioneta contra el edificio de la Oficina de Recaudación de Impuestos en Austin, Texas, es un acto de terrorismo y como tal debe ser investigado. El trágico incidente ha causado conmoción no sólo porque en las postrimerías del 11 de septiembre revivir la escena de un avión convertido en arma letal causa un profundo desasosiego en la población sino porque la protesta del frustrado contribuyente contra las instituciones gubernamentales sucede justo en el momento en el que la sociedad entera, los dirigentes de los partidos políticos, los miembros del Congreso, la Casa Blanca, los grupos de presión y los ciudadanos, se enfrascan en un debate sobre las atribuciones y los límites al poder del gobierno y el acotamiento legal y moral de la protesta ciudadana. En la calle, sobre todo en las redes ciudadanas en el espacio cibernético, no han faltado quienes no sólo justifican el radicalismo de la protesta del contribuyente, Joe Stack, sino que le entronizan como un mártir más en la lucha contra un gobierno opresivo y abusivo. En la página en la red que sirve como testamento y justificación de sus acciones, Stack narra sus constantes problemas con la oficina de recaudación de impuestos, denuncia la ``irracionalidad'' del sistema, critica a la Iglesia Católica y lanza una peculiar diatriba contra el sistema capitalista actual para terminar haciendo un llamado a la rebelión. ``Mi esperanza'', escribió Stack, ``es que los zombis americanos despierten y se unan a la revuelta''. Y es precisamente en este punto en el que el tema del suicida de Texas se inserta en el escabroso debate que en este momento la extrema derecha promueve contra la administración del presidente Barack Obama pero que ha estado presente en el discurso del Partido Republicano por lo menos desde la década de los 80, cuando Ronald Reagan se convirtió en el abanderado de la causa antigobierno. Si se analiza con serenidad lo escrito en el manifiesto-testamento del contribuyente se verá con toda claridad la escalofriante coincidencia de principios con postulados como aquel que Reagan inmortalizara al sostener que ``el gobierno no es la solución a nuestros problemas, el gobierno es el problema''. En términos semejantes se ha expresado Ron Paul, quien contendiera por la candidatura del Partido Republicano a la presidencia en las elecciones primarias de 2008, y es ahora representante por Texas en la Cámara Baja del Congreso, al sostener que ``el gobierno es el enemigo de la libertad'' durante la convención de un grupo de conservadores de la ultraderecha que se autonombra ``Patriotas del Motín del Té'', en referencia al famoso Tea Party de 1773 en el que los contribuyentes de Boston se rebelaron contra Gran Bretaña en los inicios de la revolución de independencia, y acusa al gobierno actual de querer implantar el socialismo en EEUU. En la misma convención, y entre bromas veras, otro republicano, el gobernador por Minnesota, Tim Pawlenty, sugirió a los congregados ``hacer añicos las ventanas del Gran Gobierno, a palos''. Siniestra metáfora que esa misma semana se volvió real cuando el avión de Stack literalmente hizo añicos las ventanas del edificio federal en Austin, Texas, aduciendo que el único recurso disponible para cambiar a un gobierno injusto es ``el conteo de los muertos'' y que ``la violencia no es solamente la respuesta sino la única respuesta''. Es precisamente por estas derivaciones perversas de las ideas libertarias que tipificar correctamente el delito de Stack como un acto terrorista cobra relevancia. Es evidente que esta protesta contra las autoridades que se cobró la vida de una persona, aparte de la del protagonista, dejó malheridos a muchos más y causó enormes daños materiales a una oficina de gobierno, tuvo como propósito alterar la conducta del gobierno. La protesta de Stack es un acto terrorista aunque en esta ocasión el terrorista ni invocó a su Dios para justificar sus acciones ni vino del extranjero para causarle daño al país.
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