Quantcast providenceenespanol.com
  providenceenespanol.com
Mayo 21, 2012,
pixel
 
11px
11px
Búsqueda
web noticias videos fotos
yahoo
facebook     Negocio de la Semana
11px

¿Olvidó su contraseña? Registrarse

Usuario:
Contraseña:
11px
 
 
 
Columnas

Comparte esta columna enviar imprimir
interior 12
Digg this   Del.icio.us     Google   NetScape   Furl
tamaño Menos TextoMas Texto

Raul Benoit
Época para derrochar

<< Anterior | Siguiente >>

Mi hija Michelle, de 8 años, me contó que escribe un cuento que narra cómo está atrapada en una tienda de juguetes. Tengo la certeza que el significado que le da a la palabra “atrapada” tiene un sentido más pueril que dramático, por lo tanto yo me la imagino gozando en ese almacén, figurado por ella, con todas las muñecas y los cacharros como si fueran sólo suyos.

El sueño de mi niña me trajo un recuerdo del pasado el cual intento borrar de mi mente para aliviar el daño: un pariente me arrebató uno de los tesoros más valiosos de la infancia, la fantasía.

Fue un primo perverso, de esos que siempre hay en las familias, que jamás armaron un pesebre y mucho menos levantaron un árbol navideño para que Papá Noel o el Niño Dios trajera los regalos la Nochebuena.

Él me dijo maliciosamente que ninguno de esos personajes existía. Viví una navidad amarga. En esos días comencé a sentir un deseo obsesivo por descubrir la “verdad”. Pasé noches en vela vigilando a mis papás y esculcando armarios.

Al pasar los años comprendí que ese pariente inventó esa historia, porque no conocía el secreto y lo peor, había perdido la inocencia que es la esencia de la felicidad en esta época decembrina.

Al ir creciendo escuché a muchas personas, que tal vez tuvieron un pariente que les mató la magia, repitiendo con venganza que la navidad es un negocio y que para ser felices lo único que teníamos que hacer es comprar y comprar.

Yo lo creí e hice parte de esa liga de consumidores que perdimos el sentido real de la navidad y corríamos a los centros comerciales atiborrándonos de paquetes que contenían regalos inservibles.

Al día siguiente mi corazón no estaba feliz, a pesar de que decenas de obsequios colmaban la sala.

Cuando nació mi primera hija, Carolina, resolví volver a creer en la magia de la navidad. Me prometí alimentar sus sueños y así lo repetí con mi segundo hijo, Felipe y ahora con Michelle.

Carolina también sufrió una desilusión cuando otro pariente desatinado le contó “el secreto” de Santa o Niño Dios y creyó que le decíamos mentirillas. Le expliqué que todo estaba en la imaginación, que el espíritu navideño no debe ser basado en verdades tácitas, sino en ficciones creativas.

Ahora estoy afianzando mi ilusión infantil perdida en tiempos pretéritos. Aunque no quiero dar regalos excesivos, no dejaré de entregar detalles afectuosos. Hoy

veo la nochebuena con ojos diferentes, pensando ante todo que Jesús nació ese día y vino a traer ofrendas espirituales llenas de amor.

La fantasía no debe morir, porque cuando eso pasa, se apaga todo. Las luces navideñas no brillan y pierden color; y la música apenas es un ruido incómodo. No matemos la magia de la navidad aunque nuestro bolsillo esté vacío. Un abrazo y una sonrisa son suficientes.

La tristeza o la felicidad es un estado mental. Quien tiene creatividad no debe escuchar a primos perversos. ¡Qué bonito es creer que en el Polo Norte hay una fábrica de regalos, pero también de amor!

Hoy le pediré a Michelle que vamos a un almacén de juguetes e imaginemos que ambos hemos sido atrapados en esa tienda.

<< Anterior | Siguiente >>

  enviar imprimir
interior 8px