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Yo la llamaba Nicoletta. Caminaba discretamente, como la mujer bella que sabe ser bella. Era como si se reprimiera para no alborotar. Me daba dinero cuando yo mendigaba por las calles de Washington para comprar una botellita de vodka o una piedra para fumar. No supe de Nicoletta durante años. Fue uno de mis angelitos, de esos que sin crítica ni condena nos ayudan por más equivocados que estemos. Me llamó un tiempo atrás. Está en la situación en que yo estuve cuando la conocí. Tempus fugit, el tiempo es fugaz, pero no cuando uno está cogido en la red de alguna trampa que nos inmoviliza. No soy fatalista. A las trampas entramos libremente, ya sea por acción u omisión, permitiéndolo y hasta colaborando para entrar en ellas. La responsabilidad es nuestra, aun cuando el destino nos haya hecho una mala jugada. Hay gente nacida con cuerpos defectuosos, en situaciones injuriosas, con sentimientos y pensamientos que nos colocan fuera de acción. También hay libertad en los límites de esos destinos. La más profunda y esencial de las libertades la tenemos todos. Somos libres para aceptarnos o rechazarnos tal y como somos. Aceptarse es igualmente difícil para el enfermo como para el sano, para el rico o el pobre, para quien vive en el monte o en la ciudad. Con aceptación nos volvemos co-creadores de nuestro destino. Sin aceptación nuestra creación se trunca. La vida cae en una red que nos atrapa, un laberinto donde el tiempo parece detenerse en un transcurrir sin cambio. La vida se vuelve insufrible. Algunos en esa situación empezamos a anestesiar nuestras vidas. Cuando llamó Nicoletta escuché su dolor. Está en una barca en la que navega por mares de dolor. Busca lugar de desembarco. Busca algo para que el tiempo vuelva a fluir en su vida. Pidió consejo. Los consejos solo sirven cuando son pedidos. Los que se dan a quien no los busca no sirven de nada. Para salir de su trampa, su mar de dolor y el vehículo en que lo navega, debe identificar los demonios que la atormentan. En el rito del exorcismo el exorcista pide al demonio su nombre. Detrás del rito hay una verdad. Uno necesita identificar sus demonios. La estrategia no es la misma para librarse de un perro que para librarse de una pulga o un microbio. Si identificamos nuestros demonios podemos entonces lidiar con ellos. Los demonios son pasiones que no nos sueltan. Hay un orden en el proceso de lidiar con una pasión. Primero hay que identificar el origen de la pasión, su fuente. Toma tiempo, generalmente porque no queremos admitir su presencia, y la evitamos. Ese evitamiento lo hacemos con vehículos reales. La barca de Nicoletta es la cocaína. Hay otros vehículos. Allí están la marihuana, las mujeres, hombres, sexo, fama, poder, dinero, poses, posesiones, maltrato, abuso, vanidad, miedo, temor, vergüenza, deseo, placer, dolor, hipocresía, etc. Una pasión identificada pierde fuerza, lo que facilita abandonar el vehículo que usamos para evitarla. Generalmente usamos varios vehículos porque generalmente son varias las pasiones que nos atan. El salir del vehículo es algo que uno solamente puede lograr por sí mismo. Todos andamos en algún vehículo pasionario aunque la mayoría no se percate de ello. El ejercicio diario para salir del vehículo adscrito a una pasión consiste de una rutina en la cual lo principal es no usar el vehículo. Todos necesitamos rutina. Las rutinas son escaleras para salir y mante-nernos libres del abismo. Sus peldaños son los elementos de nuestro día. Mantenernos libres es un ejercicio diario sobre peldaños de rutina. Las rutinas varían para cada uno de acuerdo a nuestra edad y ocupación, con las inclinaciones y circunstancias de cada uno. La rutina es el esqueleto sobre el que armamos el día. Sin rutina el día se despa-rrama. Uno de los elementos de la rutina está en la gente que nos rodea… rutinariamente, ‘nuestro’ grupo de gente. Todos necesitamos rutina y gente pero, atención, también hay gentes y grupos en rutinas convertidas en vehículos de evitamiento. De esa gente hay que cuidarse. Son de fácil identificación. Son gentes para las cuales la finalidad de la vida está en ellos mismos, en su propia satisfacción. Viven dentro de una especie de circuito de vueltas alrededor de si mismos. Hay que servir a otros. Servir no es satisfacer ni a uno ni a nadie. Servir es hacer lo debido, aunque no satisfaga. En el batallar con nuestros demonios habemos muchos. Maduramos en racimos conectados a la gran fuente del consciente transpersonal que emana de la eternidad. Suerte Nicoletta, adelante sin miedo, sin mirar atrás. Busca tu racimo de gente. Están en todos lados.
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