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Guillermo Descalzi
El candidato airado

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A pocos les es conocido, pero la Navidad es más antigua que el cristianismo. Es una fiesta planetaria. Es planetaria en el sentido de que envuelve al planeta entero, a todas sus civilizaciones desde el inicio de la humanidad. Su antecedente más reciente está en la Roma antigua. Allí se celebraba la fiesta de la saturnalia, del dios Saturno, cuyo último día coincidía con el 25 de diciembre en el calendario juliano. Era una fiesta de júbilo en que los romanos salían a cantar y se daban regalos. Llegado el cristianismo los obispos trataron de hacerla desaparecer, pero era demasiado popular y se fueron por la segunda mejor opción: la cristianizaron, convirtiéndola en Navidad. Los romanos habían sacado su saturnalia de una fiesta más antigua, la fiesta de Mitra, dios de Babilonia que, como Cristo, nacía el 25 de diciembre y moría y resucitaba en semana santa. La fiesta del nacimiento de Mitra llegó a los romanos a través de Egipto. Nuestro calendario litúrgico lo confeccionaron los antiguos sacerdotes de Osiris, el Mitra egipcio.

El gorro que hoy visten los papas es el gorro de Mitra, y de hecho se llama mitra. Osiris, igual que Mitra, moría y resucitaba en semana santa, una fiesta movible que ocurría en la primera luna llena después del equinoccio de primavera. La cuaresma la instituyeron los babilonios y la pasaron a los egipcios. Son cuarenta días de ayuno antes de la resurrección, precedida por un día de lujuria, cuando todo lo carnal vale, el carnaval. Los judíos tomaron la fiesta de resurrección y la llamaron Pessach, el día en que el ángel de la muerte pasó por encima de ellos en Egipto sin tocar a sus primogénitos. Los cristianos la llamaron Semana Santa. Otras culturas en otros tiempos y otros lugares, desconectados los unos de los otros, celebraron las mismas fiestas en el mismo calendario, con una salvedad: en el hemisferio sur las celebraban en el lado opuesto del año. Los incas celebraban Inti Raymi, el nacimiento del sol, en su solsticio del invierno, a finales de junio. Los aztecas, narra Alexander von Humboldt, tenían su ``cuaresma'', cuarenta días de ayuno que comenzaban cuarenta días antes del equinoccio de primavera. Nuestra semana santa, en las mismas fechas de la pasión, muerte y resurrección de Mitra y Osiris, fue fijada por el cristianismo en el concilio de Laodicea, en el año 360.

Narro esto no para

desvirtuar la Navidad, sino porque le da mayor validez. Es curioso que hayamos celebrado las mismas fiestas a través de lugares y tiempos tan desconectados en este pequeño planeta que llamamos Tierra. Sólo hay una explicación posible: que estas fiestas representan una realidad, que conmemoran algo real, que reflejan un ciclo real, el ciclo de la vida entregada a nosotros por el Creador. Osiris, el hombre dios que moría y resucitaba en Abydos, en el antiguo Egipto, en las misma fechas en que muere y resucita Jesús en Jerusalén, es una formulación de la divinidad hecha al entender y sentir de seres de la época. Lo mismo con Mitra et al. En la conciencia de Dios participaron los antiguos y la celebraron y festejaron en las mismas fechas en que lo hacemos hoy. Sus formulaciones se parecen a las que vendrían posteriormente. Por algo será.¿No?

La Navidad de hoy se ha adaptado a nuestros tiempos. Se puede argumentar que la ``trinidad'' de nuestra cultura capitalista son el comercio, el consumo y el dinero y en consecuencia esta fiesta se dedica hoy también al comercio, consumo y dinero. Está bien, siempre y cuando no se olvide al ``otro'' Dios, el Dios de vida que reina, como dice la misa en latín, per omnia secula seculorum, Amén. Por todos los siglos de los siglos, amén, y este amén conque cerramos las oraciones de hoy también viene de un dios de la antigüedad, Amón, Amón Ra de los egipcios. Cada vez que decimos amén invocamos a Amón y ni nos damos cuenta de ello.

Es curioso cuántas cosas hacemos sin darnos cuenta. Hoy en que celebramos el nacimiento de Cristo hay que notar que la vida es un proceso de llegar a darnos cuenta, de avanzar hacia una conciencia plena. Nacemos como proyectos de lo que estamos llamados a ser. El proceso de volvernos reales es uno de adquisición de conciencia. Nadie llega a la conciencia plena en esta vida. La conciencia plena es atributo y bien del Creador. Nuestro despertar a la conciencia es nuestro despertar al Creador y en el día en que se celebra el nacimiento del Niño Dios la mejor manera de celebrarlo es entretejiendo nuestras vidas con la conciencia del Creador. A cultivar su conciencia en nosotros es a lo que estamos llamados a hacer. Es el mejor regalo que podemos darnos, a nosotros y los demás.

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